Dicen que “la publicidad saca las uñas”, o al menos eso asegura Gulles Lopovetsky en el título de uno de los capítulos de su obra “El imperio de lo efímero”. Con ella, el autor, quiere dar a entender que la publicidad se esta convirtiendo en un negocio que genera actualmente altísimos beneficios, que nada tienen que envidiar a las grandes producciones televisivas o del mismo Hollywood y que, en ocasiones no tiene nada que envidiar a los grandes géneros artísticos.
Foto: anuncio de Playstation 2.


Podríamos asegurar sin mojarnos que la gran mayoría de sectores hacen uso de esta herramienta para promocionar, informar y convencer a sus posibles consumidores. La política, los servicios públicos de transporte, seguridad vial, telecomunicaciones… son algunos ejemplos de nuevos clientes.

Esta nueva publicidad, que se hace eco en tantos sectores distinto,s tiene un estilo peculiar y que ha ido evolucionando a lo largo del tiempo. La sorpresa, lo inesperado, aquello fantasioso e irreal atrae al público y son armas muy recurrentes por parte de los publicistas. La publicidad juega con la verdad y con la mentira, intentando crear un mundo verisímil para conseguir convencer al lector de la veracidad de sus afirmaciones. Se han utilizado grandes estrellas del panorama cinematográfico para introducir estos mensajes en los anuncios. Otra forma atractiva de hacerlo es el uso de: juegos de palabras, aliteraciones, redoblamientos de sílabas al estilo infantil, dobles sentidos…

La publicidad es un ámbito en el que continuamente se busca innovar y sorprender. Una idea repetida o poco innovadora no destaca y no consigue llegar al público de la misma manera que lo haría si buscara nuevas formas y mensajes para comunicar.

El texto también hace mención a la parte negativa o diabólica de la publicidad, de la concepción que parte de la población tiene sobre ella. En esta, el papel creativo pasa a un segundo plano y las pretensiones persuasivas encabezan la lista de sus objetivos. El artículo desacredita esta visión dotándola de poca credibilidad y argumentando un ejemplo de lo que la publicidad intenta en la gran mayoría de los casos: “consigue hacer comprar tal marca en vez de tal otra”.

No debemos ceñirnos a nada: ni la publicidad es un arte como cualquier otro, ni es un arma maquiavélica que quiere dominar el mundo. Todo depende del uso que haga de ella su poseedor. Valoro positivamente la creatividad e imaginación que los creativos inyectan a sus anuncios, llegando en ocasiones hasta admirarlos tanto cómo otras personas admiran una cuadro de Miró o una pieza de música de Mozart.

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